Historia Nº 1: Un monstruo de verdad
Gu�a semifant�stica milrayitas (y de los alrededores) Por Leonardo Torresi
Era un d�a brillante como un cuchar�n nuevo y la noticia empez� a correr como sopa por Lomas. En las excavaciones de la obra en la sede de Los Andes hab�a aparecido un monstruo. Un monstruo de verdad.
���Se conoce que es una criatura antediluviana�, opin� el pocero Santo Domingo Izeta, con un hinojo que le colgaba de la comisura de la boca. A su propio relato posterior debemos un testimonio que result� anticipador. Asustados, los dem�s integrantes de la cuadrilla, s�lida hasta ese momento, lo hab�an dejado solo.
Enseguida lleg� la polic�a para hacerle compa��a y labrar una actuaci�n por �hallazgo dudoso, no por dudarse de que haya acontecido un hallazgo, sino por la duda de qu� se tratase el resto de animal u objeto�. De poca fortuna gramatical pero invalorable como documento, el acta se conserva en los archivos privados de los profesores Constantino Emilio Gaito y Filem�n T�vez y Tessone, personajes cuya particular impronta ya nos obligar� a abundar sobre ellos.
Como dec�amos, la noticia circul� con velocidad y no tard� en reunirse un p�blico ansioso por recoger su propia versi�n de la historia. De pronto emergi� una figura preclara (la claridad de su conceptos llegar�a reci�n en su vejez) que se hizo espacio entre la muchedumbre. �Avanc� silbando el tango En esta tarde gris, de Mores y Contursi.. Todo el mundo chiflaba tangos en esa �poca y de esa manera logr� pasar inadvertido.Y eso que era un d�a de sol�, reconstruy� tiempo despu�s, convencido del ingenio y la efectividad de su ardid.
Aquel d�a pidi� hablar con �el responsable del predio� y ante la r�pida evidencia de que tal figura no exist�a, no demor� en constituirse un triunvirato de contingencia integrado por el oficial de polic�a Aimar Egberto, el dirigente Julio Waldo Moralejo, y el pocero Izeta, cuya �nica ceja -que recorr�a su frente como un arco indio- acentuaba un gesto bravo curtido en las luchas sindicales. Siempre precavido ante su� presencia intimidante, Moralejo lo llamaba �campe�n�� y cada tanto le regalaba unas mentoliptus.� En cuanto al polic�a Aimar Egberto, sus propios compa�eros nunca supieron cu�l era el nombre y cual el apellido; los legajos de la fuerza no aclaraban nada: aparec�a anotado de las dos maneras.
El polic�a primere� a Moralejo, que se coloc� apenas atr�s para recobrar su puesto ante la primera claudicaci�n del oficial. Se cuadr� frente al individuo que reclamaba atenci�n y luego de cerebrar unos segundos c�mo iba a presentarse, ya resuelto, lanz� a bocajarro:
�- �Se�or?
�El m�o rispeto, cavalieri -lo encim� el hombre-. Mi nombre es Perelmuter, Kaspar Perelmuter, paleont�logo de or�quene germano y simpat�a milrayite. Sono qui para interiororizarme sovero il� discoverimento�.
Bien dec�a Perelmuter que era de �origen� alem�n, ya que hab�a nacido en Basabilvaso, nudo ferroviario entrerriano. All� se hab�a establecido su padre Kaspar H. Perelmuter, quien para evitar todo equ�voco con su nombre se hac�a llamar directamente Gaspar P�rez. Un gesto con el que buscaba, de modo un poco alevoso, afirmar su criollez en honor a la tierra que, dec�a, lo hab�a acogido �como un gaucho m�s�.
El pintoresco cocoliche que su primog�nito y �nico hijo usaba para comunicarse se justificaba en la nacionalidad de su madre, una italiana de padre ruso bautizada, confirmada, y se supone que sepultada, como Battista Fiodorovna. Una mujer recta y conservadora que a diferencia de su marido viv�a renegando de su emigraci�m al nuevo continente. Exageradamente vanidosa de su doble origen, le hablaba al peque�o Kaspar en italiano y cuando el chico se portaba mal amenzaba con arrojarlo �a la nieve y a los lobos�.
Pero fueron muy pocas veces. Kaspar result� un muchachito juicioso que termin� el secundario a los 15 y se recibi� de paleont�logo a los 23. En esa �poca la familia ya estaba afincada en Lomas y Kaspar se hab�a vinculado con Los Andes a trav�s de un primo, Rinzuk, integrante del equipo campe�n de� 1957, el de Angelito Del Moro y Julito Zavatto.
El d�a del hallazgo, con un par de datos que resultaron confusos para el oficial Aimar Egberto, definitivamente descarados para el pocero Izeta y m�s que suficientes para el pragm�tico Moralejo, Perelmuter consigui� acercarse al pozo que alojaba al monstruo. Luego de asestar unos golpecitos con la yema del �ndice sobre lo que parec�a un caparaz�n, extrajo un bol�grafo y anot� en un cuaderno: �Aparente resto �seo de ejemplar de gliptodonte de variedad a determinar, por m�, o por terceros�. Acto seguido elev� la mirada hacia el trio �Perelmuter ten�a el tic de escribir agachado- y pas� en limpio:
��Questa es un criatura que vivi� hace aproximadamente 780.000 anni.-el castellano de Perelmuter� iba progresando a medida que avanzaba en una conversaci�n-. Vivi� ac� o estaba pasando por ac�, ya que fuese cual fuera el motivo de su muerte lo cierto es que pereci� en el solar donde hoy se construye el edificio social de nuestra querida instituci�n�.
A la usanza del Movimiento de Palent�logos Cristianos, al que adscrib�a, estableci� que� el hallazgo deb�a contar con una inmediata bendici�n religiosa. �Qui�n iba contradecirlo? Moralejo fue hasta lo de un vecino y disc� el n�mero del padre Jos� Mar�a Cano, un curita albino reci�n recibido del seminario. En unos� minutos� -viv�a atr�s de Obras Sanitarias- el curita se hizo presente y procedi� con su mejor concentraci�n de novato.
Al mismo tiempo, en un jeep carrozado llegaron unos expertos de la Universidad de la Plata, que confirmaron� la presunciones de Perelmuter y solo agregaron que el animal� pertenec�a a la variedad panochthus intermedius. Mientras tanto, Moralejo hab�a reunido a un grupo de socios y allegados a la instituci�n para discutir el destino que se le dar�a al resto hallado. Formaba parte del c�nclave Nolberto Mintas, due�o de una agencia de autos, a quien se le ocurri� que el bicho bien podia ser erigido en el extremo de un m�stil, como ornamento, en la fachada del futuro edificio. �Yo tengo as� la carrocer�a de un Auto Uni�n en el techo de mi negocio. Le pegamos una barnizada y aguanta fenomenal�, propuso.
Por fortuna prim� la cordura y los restos fueron transportados hacia la capital bonaerense para que fueran objeto de tratamiento y estudio cient�fico. Perelmuter se qued� mal porque sus colegas no le pidieron su opini�n. �Creo que se hizo lo correcto �ponder� de todos modos- pero la idea de Mintas tampoco era para despreciar. M�s adelante quiz� podemos poner la figura de un atleta, un pelotaris, un c�ndor, o algo�, se conform�.
Lo que fue un vivaz gliptodonte viaj� ese d�a a La Plata en un flete disimulado como un cami�n atmosf�rico. La inseguridad y la pirater�a de restos f�siles ya constitu�an una amenaza en aquellos a�os. El bicho se conserva hasta la actualidad en el Museo de Ciencias Naturales de la ciudad de las diagonales, salvo la cola, guardada en el Museo Americanista de Lomas.
�Y Perelmuter?� Como era debido, el club lo galardon� con un medalla �al aporte destacado� una premiaci�n que �seg�n descubri� a�os despu�s el historiador Pablo Marcos Videla� no estaba contemplada en el estatuto. La intenci�n� fue buena; no as� la presuntuosa y poco visionaria decisi�n de Perelemuter de donar su propia medalla �para engrandecer el patrimonio de la instituci�n�.
�Fue, lo vemos a la distancia, un doble acto irresponsable: el de Perelmuter, por donarla; y el de las autoridades del club, por aceptarla. Dicen que la medalla termin� en un volquete que sacaron a la calle durante una limpieza en la sede, a mediados de los a�os 90.
Nuestro h�roe de origen alem�n no corri� suerte mejor que su presea. En crisis con su profesi�n y desilusionado por las ciertas cavilaciones doctrinarias del Movimiento de Paleont�logos Cristianos, rompi� filas y se conchab� en la pileta Kipao, como jefe de mantenimiento de bomba y filtro. En el� popular balneario lomense conoci� a uno de sus grande amigos del oto�o de la vida: un sujeto algo mal trazado pero siempre fiel (b�sicamente al jarabe de alcaucill)� llamado Rodolfo Sande.
Con �l se lo ve alg�n que otro mediod�a tomando una cervecita con condimentos bajo el toldo del El Rinc�n Oriental, el bar que frecuentan en el Old Laprida, barrio alternativo al cada vez m�s est�ndar enclave de Las Lomitas.�