Historia Nº 6

Guía semifantástica milrayitas (y de los alrededores) Por Leonardo Torresi (leotorresi@clublosandes.com)

Igual de redondo y abollado en los polos, como una pelota de cuero de tanto sentársele arriba, el mundo era otro en 1985 y el portón de Estrada un cómodo acceso para el pueblo milrayitas que habitaba sobre ese sector del barrio y prefería disfrutar del sol amable de la visitante, sin mucho conflicto con los hinchas adversarios. 
Girando a la derecha, se desembocaba en el largo baldío hoy tachado por los playones del polideportivo; cancha auxiliar de forzadas dimensiones, luego páramo de emplazamiento de la última cancha de cabezbol, curioso deporte que el Club Atlético Los Andes se ufanó de haber procreado y  luego se ocupó de hacer desaparecer.
 Girando a la izquierda se accedía al gran mostrador al aire libre que obraba de puesto de choripán para los hinchas visitantes y sus invitados locales “no socios”. De franca extensión, sombreada por los árboles, esa barra fue un día el epicentro de un incómodo encuentro cuyo correlato violento –afortunadamente- no superó el grado de tentativa, como mucho el límite del empujón de estudio. Y que llamativamente no tuvo como protagonistas a esa clase seres con el cerebro colapsado por las fijaciones futboleras. Nada de eso. Se trató de dos grupos movidos por un explosivo berretín combinado: el cine y la política. Al mando de cada facción, dos jóvenes distanciados por sus respectivas visiones del mundo, pero unidos por la prosapia de su apellido compuesto: los primos Leandro y Carlos Casa Baliña.  
 Pero ubiquémonos en el tiempo y sus usos. Año 1985, decíamos; el corderito y la bambula ya claudican en la cresta de la moda y los blujean nevados disputan con los Oggi pinzados la hegemonía de las vidrieras de la galería Laprida. Le Paradis vive su hora más estimulante así en la pista como estampada en nuestra bella casaca. Bajo la bola de mil espejos en la avenida Meeks cunde el cuantró – destilación de moda–. Mientras bebe, el rebaño alimenta de pormenores la leyenda urbana del momento: un Hombre Gato que camina sigiloso por los techos lomenses. Todo en el marco general de una primavera democrática que pronto entrará a amarillear, sin verano por medio, en un otoño que vendrá muy lluvioso.  
 En el estadio Eduardo Gallardón, mientras, se suscita un hecho artístico. El conocido cineasta Fernando Ayala elige nuestra casa para llevar adelante la filmación de su nueva película,  Sobredosis. Una cruda fábula acerca del triste cóctel entre las crisis familiares y el consumo de estupefacientes prohibidos.
  En aquellos años Federico Luppi –el protagonista del film– se había constituido en un verdadero frontman de la filmografía nacional y en un incontrastable símbolo sexual. “Tiene fotos de Luppi en camiseta”, nos contaba el verso medular de un fuerte hit de la época, Disco Gay, de la desmembrada banda Autobús, el Soda Stéreo que no fue.
En la película, Luppi era el presidente de un club que se nombraba solo en los agradecimientos, aunque en algunas escenas aparecía nuestro escudo y los jugadores participaron como extras en los entrenamientos. Hasta accedieron a escuchar una sentida arenga por parte del máximo directivo en la ficción, o sea, Luppi.
 Se incluían tomas reales de un partido con Deportivo Morón. “Yo estuve ese día –nos escribe el amigo Leandro Zavatto–. Era muy chico, tenía 8 o 9 años. Recuerdo que estaba con mi papá en la tribuna de Boedo y éramos totalmente conscientes de la filmación porque lo habían anunciado por los  parlantes. Había cámaras en el campo de juego enfocando a la tribuna de Boedo y gente de la producción de la película nos avisaba cuando teniamos que alentar. Además se comentaba que  habían caracterizado a un par de hinchas y les habían pagado unos pesos para filmarlos en primer plano”.
 Más o menos, la trama del film era la siguiente: Luppi tenía éxito en su gestión deportiva en tanto el equipo avanzaba sin obstáculos hacia una final por el campeonato. Pero todo al enorme costo de convertir  su vida familiar en un desastre. El equipo salía campeón y –justo el mismo día– su hijo se moría. Tan sutil como eso. 
 El cariz de la película llamó a la inquietud a ciertos círculos locales. Entre ellos algunos vinculados a la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Más precisamente a la siempre inflamada Facultad de Sociales, donde en aquellos años estudiaban y activaban políticamente los  jóvenes Leandro y Carlos Casa Baliña, primos y rivales.
 Pese a la impronta radical de su nombre, Leandro militaba en la novedosa Unión Para la Apertura Universitaria, la UPAU, brazo universitario de la UCeDé de Alsogaray. Carlos, mientras, fogoneaba uno de los frentes de izquierda que se sucedieron en la escena política en nuestra casa de altos estudios.
  Más allá de la coincidencia obligada en algún cumpleaños familiar, los primos evitaban cruzarse. Hasta que un día, sin buscarlo, confluyeron en el estadio Gallardón. Se descubrieron uno a otro acodados en el puesto de choripán. Habían ido a manifestarse –y en lo posible influír– sobre el contenido y los hipotéticos efectos sociales de la película que esos días se estaba filmando en el estadio.
 La preocupación de Carlos reposaba en el aspecto estético/ideológico del film. El “corpus”, como lo llamaba. Dispar admirador de directores como el combativo Fernando Birri –fundador del movimiento Nuevo Cine Latinoamericano–, y el esteta Win Wenders –el de Paris-Texas– a Carlos lo afligía que se usaran las instalaciones y los recursos humanos del club para un film al que consideraba “como mínimo una berretada”.
 Lo de Leandro, en cambio, era urticaria política: exigía que se suspendiera la filmación de “una película de baja extracción moral” que –sostenía– se iba “a enquistar como una mácula”  en el “acervo” y el “seno” (usaba ese tipo de vocabulario) de la institución.
 Cerca estaban los grupos para dar por finalizado su período de guerra fría y miradas torvas para pasar al intercambio informal de cascotes, cuando arribaron a la escena dos personajes que solo una vez habían coincidido en un mismo lugar, 22 años antes, en el famoso hallazgo del gliptodonte durante las excavaciones en la sede social.
 El curita albino José María Cano –ya un cuarentón- esta vez había sido convocado por Leandro, con el fin de que intercediera ante los responsables del desaguisado fílmico. Sin embargo, entrenado en los fogones misioneros y empapado de cierta doctrina altermundista anticipatoria, el padrecito albino terminó haciendo buenas migas con los lugartenientes de Carlos, chicos decididamente más simpáticos.
 Papel más concreto cumplió el dirigente Julio Waldo Moralejo, aquel que había comandado con su gran muñeca el operativo gliptodonte. Fue él y no el cura quien produjo un milagro aquel día. Con su carisma, logró reunir a los primos para que mantuvieran juntos un dialogo razonable con el director de la película.          
 La cumbre se produjo en el círculo central del campo de juego.
 “Mirá, Fernando –se adelantó Carlos, confianzudo–, lo primero y fundamental que te quiero decir, es que a nosotros la película nos parece totalmente válida y apoyamos que se haga. Te admito que desde el punto de vista artístico no nos convence del todo, aunque mostrar feamente lo feo, como lo estás haciendo, nos parece un acierto ideológico”, concluyó, con sus dotes de juntapuchos intelectual.
  Leandro, que se mordía los labios mientras oía toda la perorata, vociferó a su turno: “Esta película es una ofensa ¡Vade retro, Ayala!” Dio media vuelta y se fue.
 Conforme, Moralejo palmeó al director en el hombro. “Vos dale para adelante y cualquier cosita me pegás un telefonazo”, se despidió.
 Una leyenda nunca comprobada dice que al día siguiente Leandro Casa Baliña regresó con su grupo  para ocupar de prepo el baldío de atrás de la tribuna, con algunos equipos que había pedido en el laboratorio de medios de la facu “para hacer un trabajo práctico”. Cuentan que su idea era filmar una contrapelícula en desagravio. Pero que solo llegó a terminar un guión rudimentario donde el protagonista  no solo se recuperaba de su adicción sino que además se anotaba en la Facultad y entraba a la UPAU.
 ¿Y Carlos? Quedó convencido de que había inlfluído en la película, al menos en lo subliminal. Se sabe que se recibió y recaló con una beca en un país de la Europa oriental, donde consiguió trabajo en una ONG que apoya a los cineastas sin manos.
 A lo mejor todavía está por allá y probando con el Google podamos dar con su paradero preciso.

Viernes 7 de Marzo de 2008 | Info Diaria

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