Historia Nº 4: Mejor no hablar de ciertas cosas

Guía semifantástica milrayitas (y de los alrededores) - Por Leonardo Torresi (leotorresi@clublosandes.com)

            Un Federico Fellini, un Luchino Visconti –por no provocar con un Pier Paolo Pasolini- deberían volver al mundo para retratar el caso de Roberto Tito Villani, archiconocido personaje lomense que toda la vida se caracterizó por su honda bonhomía.

Algún exabrupto emocional en sus épocas de encargado de barra de Walhalla –hoy un cascarón vacío en cuya cúspide resiste aún la bella cornamenta vikinga- para nada mancha un derrotero salpicado de hitos. Su reparto anual de macetas -luego carameleras- a las damas vitalicias milrayitas y la evocación de aquel local de artículos de kiosco al que bautizó con impar genialidad RV –por sus iniciales y porque lo había abierto con los fondos de su retiro voluntario- resultan más que suficientes para inscribirlo en la mejor galería de los mitos locales.

Pero así como acunó al entrañable Tito, Lomas de Zamora también engendró negras figuras que se enquistaron en la estructura social de nuestra institución. Una de ellas, sin dudas destacada, fue la del Petiso Abdón Silvio Samaan; Samantha, en las chanzas fáciles de la zumbona barrita bullanguera que –en razón de su mal carácter- apenas lo merodeaba.

Una lacra que se vinculó tempranamente con Los Andes en doble sentido: se asoció de muy joven y cuando el club llevaba muy poco tiempo de fundado. Su caso no fue el del individuo corriente que asume resignadamente el amor por los colores ante la frustración (pocas veces confesada) de no haberlos podido vestir. Perfectamente pudo haber integrado los equipos de Los Andes en aquellos partidos del comienzo de todo, cuando el bueno de Eduardo Gallardón peregrinaba casa por casa para completar una formación numericamente digna.

“Dejate de escorchar Samantha y entrá a jugar. Por lo menos parate en el medio para molestar”, le reclamaban nuestros adolescentes fundadores cuando el equipo quedaba corto de integrantes.

Pero no. Samaan, poco solidario, prefería ubicarse a un costado para constituirse como un hincha puro que –según un teórico que pasaremos a citar- prefiguró al simpatizante moderno.

“Quizá por fría especulación, quizá en el plano inconsciente, fue un vanguardista absoluto que comprendió antes que nadie que su rol trascendía el de la mera participación en un divertimento colectivo y podía proyectarlo personalmente”, apuntó el sociólogo Amanecer P. Cúneo, autor del primer trabajo etnográfico sobre hinchas de fútbol, publicado recién en 1931 bajo el pretencioso título “¿Energúmenos o adaptados?” 

Como parte de su detallista trabajo de campo, P. Cúneo siguió bien de cerca a nuestro personaje y dejó anotado en su cuaderno que el Petiso no solo estuvo presente en  aquellos  primeros partidos del equipo -los bien reales choques contra los equipos de Adelante Yrigoyen y Fomentos Peligrosos- sino que buscó hacerse notar. Con una sábana con la frase “Gracias Nuevas Ideas”,  intentó captar la atención del cronista de esa publicación –el propio Eduardo Gallardón- que evitó mencionarlo para no entrar en el juego perverso de la retroalimentación mediática. Ni hablar de una segunda sábana que decía: “Lomas es mi barriada, este club nuevo mi metejón y yo estoy medio turulato. El Peti”.

El sociólogo da cuenta, incluso, de una tercera sábana: “No se pierda el show de Little Samán”, invitaba.

Claro: en tanto la estructura económica del club no se lo posibilitaba, el Petiso no tenía otra que trabajar para ganarse el pan. Poco afecto a las duras labores típicas de esos tiempos  -chancherías, hornos de ladrillos- se inclinó hacía un perfil más artístico. Y se convirtió en mago, o algo parecido.

Jueves, viernes y sábados, al caer el sol, se presentaba en un verdadero bar infernal, con tufo a cartón mojado y tapado de verdín, que funcionaba pasillo al fondo en la calle 6 de junio –actual Monseñor Piaggio- entre Sáenz y Portela. Un establecimiento de avería denominado El piriquiuso, en referencia al propietario y regente, un itálico hermanado al Petiso por un triste defecto: el escaso apego a la higiene personal.

Mezcla de magia y circo, el show –que llevaba a cabo  sobre un tarima que armaba juntando unos cajones- era globalmente cruel y específicamente tonto. “Pringles, el loro que fuma y tose”  -el número de apertura- carecía de todo relieve, gusto y ubicuidad. Samán le encajaba al loro un pucho en el pico, y el pájaro, tras abrir los ojos como dos bolones locos, expectoraba unas flemas. El espectáculo luego desembocaba en la trillada maniobra de de la aparición del conejo, al que el mago -con el pretexto de añadir un toque personal- le tironeaba de las orejas para hacerlo chillar.

“Nadie discute que era un show mediocre. Y que el maltrato del lorito era innecesario. Pero con el tema de los conejos siempre se exageró, porque se lo analizó fuera de contexto. En esa época los conejos eran una plaga.  Animales salvajes que devastaban los gallineros. Se han visto conejos salir con gallos colgándoles de la boca. Después fueron idealizados por culpa de los cuentitos, los peluches y esas boberías”, sopesó el prolífico historiador milrayitas Pablo Marcos Videla.

Los jueves y los viernes el show era presenciado mayoritariemente por agentes municipales, operadores de la oficina del telégrafo y verborrágicos empleados de comercio: sentó las bases del after office en Lomas de Zamora.

 Fue un éxito durante un tiempo, hasta que un incidente en el bar con un alto funcionario de la polifacética Dirección Municipal de Fauna, Areas Lacustres, Deportes,  Cultura y Cantinas -asiduo concurrente- derivó en el cierre intempestivo del tugurio y en su automática clausura.

  Al garete en la vida, Samán retornó a sus orígenes y con los años fue hallando cobijo en la incipiente “barra fuerte” (como los diarios llamaban al principio al las barras bravas). Luego fue él quien empezó a cobijar nuevas promesas juveniles en el seno de la organización.

Pero eso es un tema aparte.

Y como cantó por última vez Luca Prodan en la cancha de Los Andes aquella noche de diciembre de 1987, dos días antes de morirse: mejor no hablar de ciertas cosas.

 

   

Jueves 25 de Octubre de 2007 | Info Diaria

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