20 años, 20 historias: “Los Andes quedó marcado a fuego en mi corazón”

Darío Sala manifestó que el ascenso del 2000 fue el punto más alto en lo emocional y bisagra en su carrera profesional. También contó su vínculo con Ginarte, las atajadas, los goles y su pasado como centrodelantero.

¿Por qué elegiste a Los Andes en 1999 y cómo revertiste la imagen de los primeros partidos?

Estaba como suplente en Belgrano, que jugaba en Primera división. El llamado de Los Andes me atrajo para tener continuidad y además estaba Jorge Ginarte, quien me había dirigido en el Pirata durante el torneo 1997/98 y me gustaba como técnico y era una persona muy estable, sin ser cargoso con los futbolistas, y siempre tenía buen humor. Llegamos a un acuerdo muy rápidamente con el dirigente José Luzza, entre el salario y el departamento, con premio para evitar descender. Ahí le pregunté cuál sería si ascendíamos: “Ah, ponele el número que quieras”, me respondió. Finalmente arreglamos por el doble pero se lo devolví al club en agradecimiento. Los primeros partidos en Los Andes fueron duros para mí porque recibí goles tontos. Me comí el primero contra Almagro al salir mal en un  centro, pero el triunfo me salvó las papas. También me pasó lo mismo en el siguiente contra Español. Allí comenzó a sonar desde la tribuna “Cordobés, dejá de robar”. Y Ginarte me decía “empezá a atajar porque nos van a echar a todos”. Desde ahí no tuve los errores, ni las dudas del principio y me afirmé en el triunfo visitando a Arsenal, siendo una de las figuras en aquel el quinto partido. Comencé con el pie izquierdo pero justamente a esos dos primeros equipos luego le convertí goles.

¿Cómo ganaste la pulseada para patear penales?

Tenía una patada de mula que te reventaba el arco. Así me hice cargo de penales en clásicos ante 50 mil personas, como Deportivo Cali y América de Cali, y fui el primer arquero en River que remató un tiro libre (contra Universidad de Chile). En ese momento se evaluaba la calidad de los arqueros con los pies para aprovechar la fuerza del remate y la precisión para saltar líneas. Por eso mismo, los tiros libres de media distancia y penales te daban oportunidades. Para designar al ejecutor desde los 12 pasos en la semana hacíamos un torneo de penales y el ganador pateaba el fin de semana, hasta que fallabas durante los entrenamientos. Así le metí dos a Almagro y uno a Español, que este último tiene una historia particular. Los jueves hacíamos ensayos de fútbol pero finalmente, Ginarte me mandó a practicar aparte con Sergio Benet porque no lograba concentración sin público o sin jugar por los puntos y el equipo podía perder confianza si los llenaban de goles en los entrenamientos. Sin embargo, tenía altos niveles de concentración en los partidos oficiales, comprobado en Dep Cali que en los análisis resultaba tener los niveles más altos de ácido láctico de todo el plantel después del partido y sin correr. Esto era producto del estrés durante los 90 minutos. Con esos niveles de concentración en el vestuario parecés un muerto porque estás pensando en cada jugada, el rival y todo lo que puede pasar. Previo al partido contra Español me pegué una ducha de agua fría para generar un clic en los reflejos. Y mientras voy yendo, Sergio les dice a Lobos, Nasta y Bressán que no  dejen patear al rival porque yo “estaba para atrás”. Después metí un gol de penal y atajé otro. El diario Olé tituló “Arquero maravilla”. Imaginate el pálpito de Sergio, que lo cargábamos en la semana con si tenía algún numerito para la quiniela (risas).

¿Supongo que hacer goles tiene que ver con tus inicios como centrodelantero?

En mis principios jugaba de 9 en Deportivo Colón -militaba en la Primera División de Córdoba- y me decían “Romario”: mitad ropero, mitad armario. Incluso después de meter un gol en la reserva le pregunté a mi papá cómo me había visto: “Sos descoordinado hasta al correr, parecés un armario que lo está llevando la corriente del río”, me dijo. Por casualidad comienzo en el arco cuando el técnico de la primera de ese club cordobés, Miguel Vallejos, me observa atajar en un torneo de penales con mis compañeros de reserva, previo a los entrenamientos. Como toda mi vida había jugado al handball tenía gran ductilidad en las manos y las muñecas y los pelotazos fuera del área los bajaba fácilmente de frente y con una mano. “Chiquito –apodo por aquel entoces-, tiene unas condiciones bárbaras para el arco y además lo ayuda su gran altura”, me dijo Vallejos. Así comencé como quinto arquero, pero en una semana ya era titular en la Reserva: el suplente había faltado a los entrenamientos y el titular llegó borracho al partido. Finalmente, debuté con la 1 titular en el clásico contra Unión San Vicente con el atenuante que siete de mis compañeros eran delanteros. Me llenaron de pelotazos pero me transformé en la figura al conservar el cero. A la semana siguiente el arquero titular lo compró Talleres y a mí promovieron como arquero suplente en la Primera División, luego de que el DT de viera mi gran actuación.

¿Te habrás atajado todo como el partido contra la Lepra mendocina?

Independiente Rivadavia tenía muy buen equipo y pude responder cada embate. Hasta el ‘Tapón’ García se fue festejando un gol que nunca fue, después de cabezazo de Valdemarín y tras un centro de Favre. Me agarró a traspié, pero pude recuperarme al atajar en sobrepique. Un atajadón, quizás uno de los mejores de mi carrera. Encima lo expulsaron a Mauricio Levato y se inclinó la cancha. Después, Luis Blanco nos dijo “antifútbol” cuando jugamos gran parte de encuentro con 10 hombres. Además, al entrar al Octogonal, mi representante Hugo Gaggero me había confirmado ofertas de muchos clubes por mi pase, no solo del país sino también del exterior. Con incluso posibilidades de ir a Boca, mi representante me dijo que en Mendoza estaría viendo el partido gente de River y sería justamente Amadeo Carrizo. Cada atajada pensaba “¿estará viendo el partido Amadeo?”. Tenía la cabeza solo en atajar todo. Desde allí hice un muy buen octogonal con siete partidos invictos y recién el ‘Pirata’ Czornomaz pudo romper el cero en la final.

¿En esas finales hubo incertidumbre por perder el ascenso?

No, pasamos a todos los rivales por encima y solo tuvimos sobresaltos ante Independiente Rivadavia en el primer partido. Quilmes fue el primer rival del Reducido, que no contamos con ventaja deportiva. La primera final, el Cervecero mostró poca resistencia y falta de confianza. Al visitarlo, con un dos a cero a favor, se notó un poco de atropello después de la apertura de Czornomaz. Sin embargo lo pudimos controlar. Teníamos la valla menos vencida, pero tampoco éramos mezquinos porque hacíamos muchos goles. Defendíamos bien pero los rivales no debían descuidarse porque teníamos gol fácil con Ferrer y Caiafa, alguna magia de Romerito o el intratable De Sagastizabal. También había un buen bloque de volantes con Mauri Levato y el ‘Indio’ Salomón, que se complementaban uno para llevar la pelota con juego hacia delante y otro con ocho pulmones para recuperar. Los dos laterales-volantes, Arce y Noce, hacían un gran trabajo al llegar siempre a defender y atacar. La transición en ofensiva era muy violenta, aunque no éramos un equipo contragolpeador nato. Y en el fondo, Bressán, Lobos y Nasta estaban encendidos e impasables. Había una confianza ciega en el compañero. Ginarte cuando encontraba el once no lo movía y eran trece jugadores fijos. La continuidad generaba conocimiento de cada uno de nosotros dentro de cancha. Por ejemplo, la defensa sabía que fuera del área no se debían preocupar porque controlaba cualquier disparo; mientras en los centros debían cortinar a los grandotes rivales para garantizar mi salida a cortar centros hasta el punto del penal.

¿Qué significó aquel ascenso del Milrayitas a Primera?

El ascenso con los Andes es el punto más alto en lo emocional y bisagra en mi carrera, ya que hasta allí era un gran insinuador. Ya había tenido un gran nivel y era una promesa en Belgrano –dirigido por Ginarte- pero tuve dos errores en las semifinales del Reducido contra Gimnasia y Tiro, que me sentaron en el banco durante un año. Quizás no estaba maduro y necesitaba una plataforma que me hiciera despegar: ese fue Los Andes para luego pasar a River, Independiente, Deportivo Cali, Newell´s, Jaguares de México, Arsenal y llegar a la MLS, donde finalicé como campeón de Conferencias en Primera división. En la parte personal, Los Andes fue el club que más sentimientos me dio a nivel profesional, más allá de mi simpatía por Instituto e identificarme con Belgrano, al debutar y ascender. Los Andes es familia, todo a pulmón y con una gran hinchada, que desgraciadamente está padeciendo en la actualidad jugar en categorías menores. Los Andes quedó marcado a fuego en mi corazón por la pasión y las ganas. Es el club que más quiero de toda mi carrera. Eso representa para mí ese ascenso y solo estuve un año. Le debo toda mi carrera a Ginarte y su cuerpo técnico, como Sergio Benet y el profe Farano, y la gente de Los Andes.

 

Capítulos anteriores:

El padre de la criatura

Un comienzo a pura humildad

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El parche negro, una insignia de la casaca

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A dos minutos de quedarse con todo

Efectivo en los dos arcos

Del barro al oro

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Acariciando el cielo con las manos

 

Entrevistas:

Rubén Ferrer: “Aquel ascenso a Primera es un recuerdo imborrable”

Gabriel Lobos: “En la cancha empujábamos para el mismo lado como hermanos”

Mauricio Levato: “El ascenso fue un desahogo total y un festejo impresionante”

Lunes 13 de Julio de 2020 | Datos y Estadísticas

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