20 años, 20 historias: “El ascenso fue un desahogo total y un festejo impresionante”

Desde España, Mauricio Levato señaló tener los mejores recuerdos de aquel logro. “El cariño es enorme; Los Andes marcó mi vida como futbolista y persona”, describió.

¿Qué recordás de aquel comienzo de torneo, siendo uno de los pocos sobrevivientes del equipo que quedó fuera del Reducido, a la que accedieron todos los demás participantes a excepción de los descendidos?

En principio, se había desarmado todo el plantel anterior, del que pocos que nos habíamos quedado como Lobos, Migliardi, Caiafa, Moya y mi hermano Diego, y se formó un equipo para salvarse del descenso con muchos jugadores desconocidos en la categoría. Sobre Jorge (Ginarte) conocíamos que era un gran tipo y varios muchachos que ya los había dirigidos hablaban maravillas de él. La verdad que era un monstruo, un gran armador del grupo y un técnico que usaba hasta la planilla con fichitas. Tenía las palabras justa para nosotros, que lo transformaba en un sabio. Finalmente se armó un lindo grupo. Muchas veces éramos inconscientes de los que nos jugábamos. Disfrutábamos cada partido, como el triunfo ante Banfield durante el campeonato regular y jugamos grandes encuentros como cuando le ganamos de visitante con Huracán, que era el favorito y tenía un equipazo.

¿Cuánto influyó para obtener el ascenso la fortaleza del grupo, en el que eras uno de los que llevaba la batuta?

La unión en el grupo se veía siempre. En micro que íbamos a entrenar cantábamos canciones de Los Andes. Soy un fanático futbolero y tengo alma de hincha. Al armarse el plantel se engancharon la mayoría y habíamos conformado dos grupos, en la que encabezaba “La barra del Toro”, que tenían duelos de canciones. Incluso en los entrenamientos íbamos a la tribuna y cantábamos. Con mi hermano Diego los uníamos a todos, incluso hacíamos operativos comando en los hoteles. Era el toque de color. La pasábamos muy bien y era un grupo bárbaro. Una vez fuimos caminando a entrenar a las canchitas sintéticas de Frías y en el regreso le hicimos dedo a un camión. Nos subimos y llegamos cantando hasta el estadio, mientras la gente se asomaba a las puertas de sus casas creyendo que jugaba Los Andes. Nos divertíamos sanamente de esa manera.

¿Y cuál fue la cara seca en cuanto a lo deportivo?

Si bien ya habíamos logrado el objetivo de salvarnos del descenso, el fatídico empate con Quilmes fue un golpe durísimo. Ese partido lo queríamos ganar y jugar las finales. Jugamos un partidazo pero nos igualaron en los últimos minutos, a pesar que estábamos ganando 3 a 1. Fue una decepción porque más allá que no era el objetivo principal entrar en el ascenso directo, estábamos entusiasmado para llegar a las finales por el ascenso directo. Encima, de la bronca e impotencia, le pegué una piña la puerta cuando iba al control antidoping y me fracturé la muñeca. Así fui a Mendoza, con las precauciones de no caerme y jugar vendado. Tras el partido contra el Cervecero, muy calientes y con una amargura total, Lobos y Nasta organizaron un brindis en el hotel donde concentrábamos en que nos juramos ascender.

¿Entonces hubo revancha en las finalísimas contra el Cervecero?

Si bien no la jugué por acumulación de amarillas, la primera final la ganamos con mucha autoridad. En la finalísima llegamos a la cancha de Quilmes cantando y saltando para sacarnos un poco los nervios. Nos costó mantener la ventaja e inconscientemente nos metimos un poco atrás. Queríamos que pase el tiempo. Por ahí en el primer tiempo le erramos un poco en las formas y Quilmes dominó por momentos, luego de ver y analizar posteriormente varias veces el partido. Luego era aguantar y que se ilumine alguien. El iluminado fue Fabio (Pieters), al meter una jugada maradoneana. Fue un gran desahogo.

¿Qué imágenes tuviste al estar en las puertas de alcanzar la primera división?

Después aquel empate, me acordé de toda la familia, aunque mi hermano Diego estaba en la platea. Pero desde la primera final y en la previa, me llamaban continuamente por teléfono. En Pergamino estaban todos pendientes y se paralizaba todo con los partidos de Los Andes, ya que era algo histórico que futbolistas permiganenses lleguen a Primera. Además ya estaba muy identificado con el club. El ascenso fue un desahogo total y un festejo impresionante junto a las 30 mil personas que estaban en la cancha. Después, cuando ya estábamos en casa, unos 15 y 20 muchachos nos vinieron a buscar a casa a mi hermano, el Flaco Nasta y a mí para dar una vuelta olímpica a la manzana cantando por Los Andes. Era todo alegría. Tengo los mejores recuerdos de ese ascenso.

¿Qué significó tu paso por Los Andes?

Llegué en 1997 como un desconocido a Lomas. Al principio no jugaba y me ponían en posiciones donde no me sentía cómodo. Sin embargo, cuando uno está en un club le va tomando cariño, más como Los Andes que es pasional y lleva mucha gente. Y al estar en una misma ciudad, nos identificamos enseguida con el club. El cariño es enorme. Los Andes marcó algo en mi vida como futbolista y persona porque había llegado de Pergamino con solo 20 años y me hizo crecer personalmente. Pasé los mejores años de mi vida y aunque hubo algunos momentos malos, no quitó que siga el cariño.

 

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Viernes 10 de Julio de 2020 | Datos y Estadísticas

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